El día que más miedo he pasado encima de una bici.

Después de 10 días sin tocar la bici, decidí hacer una salida relajada en la bici de carretera.

El día se presentaba con nubes y claros, y con previsión de lluvia a partir de las 12. Así que salí temprano, sobre las 8, para llegar a casa antes de esa hora.

Fui desde Terrassa a Castellbell i el vilar, yendo a ritmo muy tranquilo en la subida al Obac y disfrutando más en la bajada hasta Castellbell, donde me paré a comerme una barrita.

Esta es la ruta en Strava:

https://www.strava.com/activities/2566435220

Mientras estaba comiendo la barrita, empezaron a caerme las primeras gotas, muy ligeras y espaciadas. Pero cuando estaba saliendo ya del pueblo, empezó la lluvia de menos a más. Lluvia muy fuerte acompañada de rayos lejanos, que yo suponía en Montserrat, justo la dirección contraria en la que iba. Pero por desgracia para mí, iba justo directo hacia la tormenta.

Los truenos sonaban cada vez más cerca, y la lluvia cada vez era más fuerte. Llegué a Rellinars completamente empapado, y dudé en pararme en la parada del autobús a esperar a que la cosa se calmara. Pero realmente no tenía pinta de parar pronto, y esperar ahí, completamente empapado habría hecho que me congelara y lo pasara muy mal, sin tener ninguna seguridad de que la tormenta fuera a desaparecer en tiempo razonable.

Así que no paré y seguí dando pedales. En ese punto ya era consciente de que iba hacia la tormenta, pero esperaba que mejorara la situación, y que se fuera desplazando en otra dirección. Tampoco tenía muchas alternativas, y mi único deseo era llegar a casa.

A medida que empecé la subida del Obac, la situación se volvió más y más complicada. Zonas por donde bajaba agua, pero sobre todo, rayos cayendo a ambos lados de la carretera. Dos de ellos muy cerca. Con uno de ellos casi pierdo el control de la bici del susto. Estar en medio de una tormenta eléctrica en una carretera donde no hay ningún tipo de escapatoria, y que está rodeada de árboles por todos los lados, no me hacía mucha gracia. Iba super acojonado.

Realmente no tenía mas opciones que darme la vuelta o seguir para llegar a casa, y darme la vuelta realmente no fue nunca una opción. En esos momentos mi cabeza pensaba en cual es la posibilidad de que le caiga un rayo a un ciclista, si el movimiento puede atraer un rayo o no… mil paranoias.

En la parte final de la subida, por si ya fueran pocos los problemas, empezó a llover con muchísima más violencia, mezclándose con un ligero granizo. En sentido contrario me encontré con otro ciclista que me gritó algo que yo entendí como ánimos, que yo respondí con otro grito de ánimo.

Al coronar, vi los coches aparcados que siempre hay para ir a La Pastora o pasear por la zona, con gente dentro. Aquello parecía Mordor, la luz casi no existía. Una posibilidad hubiera sido ir a refugiarme a La Pastora, pero mi obsesión era llegar a casa y darme una ducha caliente.

Empecé la bajada con muchísima prudencia, había mucha agua en la carretera, y el granizo empezó a aumentar de tamaño y a golpearme por todo el cuerpo, unido a unas rachas de viento fuertes, que te hacían perder el equilibrio a veces. Notaba ese granizo y me hacía daño, especialmente contra la espalda, piernas y brazos. El ruido que hacía al golpear con el casco y gafas era ensordecedor, y ahí no había refugio posible, solo la carretera y los quitamiedos.

Fue una sensación de temor total, de no saber bien que hacer. La bici empezó a dar saltitos, no sabía por qué, hasta que pude distinguir, en esa oscuridad, que era culpa del granizo que empezaba a acumularse en la carretera. La rueda trasera me hizo un par de derrapes no deseados, pero iba tan despacio que pude parar.

En ese momento tuve que pararme literalmente en medio de la carretera, descalar un pie, y tomar una curva a derechas y después otra a izquierdas, andando con un pie, y de vez en cuando soltando un poco los frenos pero siembre vigilante para poner el pie en el suelo por si la bici me derrabapa. Solo me faltaba caerme en esa situación dantesta.

Como el resto de la bajada estuviera así, tendría que bajar andando. Encima en esa carretera no hay arcén ni zona para caminar. Tienes que ir por la misma carretera, que es bastante estrecha.

Riadas de agua cruzaban la carretera en algunos puntos. En algunos solo era agua, pero en otros era agua, con barro y con piedras. Las pasé encima de la bici con mucha precaución, casi parado, e intentando trazar lo mejor posible esquivando obstáculos. Cosa bastante difícil porque no se veía absolutamente nada, parecía de noche, y unas ruedas finas de carretera infladas a 8 bares no son lo mejor para afrontar este tipo de obstáculos.

No sabría describir muy bien mi estado de animo o sensación en aquel momento. Era una especie de impotencia, de decir “que hago” “donde voy” “que hago yo aquí solo en medio de esto”, mezclada con rabia y ganas de llorar. No lloré, creo, aunque con la lluvia no se hubiera notado demasiado.

Esperaba que al seguir descendiendo, la situación fuera mejor. Y así fue, a medida que fui avanzando el granizo desapareció y quedó sólo la lluvia.

Aún así, la situación en la carretera era caótica, y la visibilidad muy reducida. Por suerte siempre voy con luces diurnas para que me vean, tanto delante como detrás. Por lo que no tenía ese miedo de si un coche bajaba por detrás no me viera y me llevara por delante. De hecho me crucé con un par de coches en sentido contrario que habían invadido el carril contrario para esquivar el lodazal que empezaba a cruzar la carretera.

Durante toda la bajada, agradecí profundamente el que la bicicleta llevara frenos de disco. Tocar la palanca y notar que el freno responde, no tiene precio. Solo tienes que saber regular y valorar el agarre del neumático contra el asfalto, pero sabes que el freno no va fallar. Fui toda la bajada, y digo, toda la bajada, con el freno apretado, con más o menos fuerza, pero en ningún momento lo solté para que la bici no cogiera una velocidad elevada.

Y cuando toda esa tensión/miedo/frustración/incertidumbre , del granizo, las riadas, y el viento, se fue, y solo quedó la lluvia y la carretera mojada, empecé a sentir el frío. Empecé literalmente a congelarme de frío. 12 grados me marcaba el Garmin. Cuando esa misma mañana había subido por ahí a 25.

No podía parar de tiritar, mi cuerpo temblaba, mi boca se movía sola, y me era muy difícil poder controlar la bici. De hecho era incapaz de llevar la bici en linea recta, iba moviéndome de lado a lado, sin poder controlar demasiado.

Cuando llegué abajo, ya no llovía, y había luz. Fui temblando y tratando de activarme, pero era imposible. Llegué al portal totalmente congelado, con la mente en otro sitio, sin poder articular palabra, y en modo zombi.

Pero ya había pasado todo lo malo, lo había conseguido. ¡Había llegado a casa!

Me esperaba una ducha caliente e irme a la cama con un par de mantas para volver a recuperar la temperatura. No sin antes ver como tenía el cuerpo totalmente golpeado y marcado del granizo. Brazos, piernas, y espalda principalmente.

Puedo decir con total certeza que nunca he pasado tanto miedo encima de una bici, incluso puede que fuera de ella. Ha pasado un día y mi cabeza aún no deja de pensar en esa situación y recordar esos momentos.

Realmente he temido por mi vida. En el momento de la tormenta electrica, y en la granizada como el tamaño del granizo hubiera seguido aumentando, hasta ver esas pelotas que se ven por la tele a veces, o si me hubiera caido, no sé que hubiera pasado.

Cosas que me han ayudado a salir sin percances de una situación tan complicada:

Los frenos de disco. Ya lo he mencionado antes, el tener mucho tacto y saber que al tocar la palanca el freno iba a responder sin sustos ni problemas, ha sido un factor decisivo y determinante.

Además la suavidad y el que no haya que hacer fuerza al frenar, ha sido determinante. En momentos en los que el cuerpo está al limite, estoy casi seguro de que con frenos convencionales me hubiera quedado sin fuerza para frenar, o hubiera estado muy cerca. Tardé más de 15 minutos en hacer esa bajada.

Es curioso, porque cuando iniciaba la marcha, valoraba si mi próxima bici de carretera ( ya que la Mérida la tengo a la venta por un tema de talla), sería con frenos de disco o no. Incluso la balanza se decantaba hacia el no, ya que suelen ser un poco más ligeras, más baratas, menos mantenimiento, y realmente yo si llueve no salgo en bici.

Pero la situación vivida me ha abierto los ojos. Así que discos sí o sí. Nunca sabes con que circunstancias te puedes encontrar en la carretera, ni si el tiempo va a cambiar durante la salida.

Está claro que con frenos de puente, también se puede ir en mojado, no hay más que ver a los profesionales como van, pero realmente la seguridad que se siente, la confianza, al saber que al tocar la palanca, va a responder, no como los de puente que hasta que no limpia el aro, es como no llevar nada. Por no hablar del esfuerzo que supone la frenada. En los hidráulicos hay que aplicar mucha menos fuerza.

Así que en mi caso particular, frenos de disco sí. La Mérida monta unos Shimano 105 que se comportaron a la perfección.

Las gafas fotocromaticas. Cuando salgo en bici siempre llevo puestas mis gafas fotocromáticas, ya sea invierno, verano, montaña o carretera… En mi caso unas Oackley Jawbreaker. Sin ellas hubiera sido muy dificil poder ver la carretera por culpa de la lluvia. Pero sobre todo hubiera sido imposible tener los ojos abiertos en el momento de la granizada salvaje.

Unas buenas gafas, con unos buenos cristales son fundamentales, y al ser fotocromáticas podía ver durante los momentos más oscuros de la tormenta, cosa que con unas gafas de sol normales me hubiera resultado imposible.

El casco, que protegió mi cabeza de la super granizada. A pesar de que los casos de ciclismo tienen aberturas, puedo decir que no sentí ningún golpe en mi cabeza. Aunque eso no quiere decir que no me dieran, puede que el dolor de los brazos, piernas o espalda fuera más intenso y no apreciara lo otro.

En cualquier caso el casco me protegió muy bien. En mi caso llevo un casco Btwin del Decathlon.

Cubiertas en buen estado. Esta bici es nueva, por lo que son cubiertas nuevas.. A pesar de que son unas cubiertas que no tienen dibujo en la banda de rodadura, y por los laterales unos dibujos que parecen más de adorno que otra cosa, he de decir que se han comportado muy bien, y salvo los sustos con el granizo, no tenido más problemas. Obviamente he bajado ultra lento, ya que las circunstancias eran fuera de lo normal, pero es importante siempre rodar con unas cubiertas con los compuestos en buen estado. La seguridad es lo primero.

Luces. Para mí es fundamental salir con luz de visibilidad diurna (leds de alta intensidad). Atrás llevo una Raypal 3W, y delante una Bontrager Ion 800 R. Son luces que llevo en modo parpadeo para que los vehículos me vean con facilidad antes de alcanzarme.

Ambas luces aguantaron la lluvia y el granizo y llegaron a casa funcionado perfectamente, así como el Garmin 1030, y el pulsómetro Geonaute del Decathlon, con muchos años ya.

Sobre la luz de delante hay gente que considera que no es importante. Pero para mí lo es, ya que en carreteras de montaña como las que me suelo mover, hay algunos coches y motos que te encuentras en modo rally, recortando las curvas y trazando rectas invadiendo el sentido contrario, y cuanto más lejos te vean mejor. Además muchas son carreteras oscuras debido a los árboles.

Bolsa de congelados. Siempre llevo mis pertenencias más valiosas como el móvil, la licencia federativa, o una fotocopia del dni, algún billete alguna moneda suelta, además de un paquete de kleenex, en el bolsillo del maillot, dentro de una bolsa de congelados, para protegerlos del sudor o de una posible lluvia.

Después de estar pedaleando en unas circunstancias extremas, todas estas pertenencias estaban en perfecto estado y completamente secas.

Y creo que algo definitivo fue la mentalidad, la fuerza de voluntad, la fuerza para seguir adelante, el no darse por vencido y no rendirse por fea que sea la situación.

No digo que la decisión sea correcta, y que ir directo a la tormenta sea una buena decisión, porque no lo es, pero es la que fue, y una vez estás ahí dentro, lo importante es salir de ella lo más rápido posible. A veces es mejor desconectar el cerebro y seguir como un autómata, intentando visualizar el momento en el que todo pase.


REFLEXIONES UN DÍA DESPUÉS.

Un día después, noto las manos agarrotadas y me cuesta cerrar los puños, ya no solo por la tensión en las manos sino también por los antebrazos en los que tengo muchas agujetas. También en los triceps.

Las cervicales muy trabadas debido a toda la tensión y una posición no muy cómoda. Sigo teniendo los brazos, piernas y espalda con las marcas rojas del granizo, pero yo hay hinchazón.

Creo que fui muy muy muy afortunado. Porque lo más lógico y probable que me podría haber pasado, es haberme caído en esa bajada. Sin pensar ya en otros peligros aún mayores, como estar rodeado de árboles en medio de una tormenta eléctrica, o recibir pedradas (granizo) durante mucho tiempo.

Si hoy se volviera a dar la misma situación, no sé que hubiera hecho. Es decir, si realmente se que me voy a meter en medio de la tormenta, y que me voy a encontrar con la situación apocalíptica de la granizada, tengo claro que me hubiera parado en Rellinars, a esperar a que la situación hubiera mejorado, o llamar a un taxi o algo.

Si fuera una situación de lluvia solamente y con tormenta sin saber exactamente si iba a pasar por debajo o no, sí que hubiera seguido.

¿Que hubierais hecho vosotros? ¿Habéis vivido alguna situación parecida?

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